EL LEGADO TEMPLARIO

Entre 1128 y 1136 se computan siete importantes donaciones al Temple, primero particulares y posteriormente reales, en la ribera navarra del Ebro, todas ellas al sur de Tudela. Entre estas donaciones destaca la de Lope Kaisal en 1134, hecha poco antes de la muerte del donante en la batalla de Fraga, donde luchó junto al rey Batallador. La primera donación real sería la villa y el castillo de Novillas, entregados a los templarios en uno de los primeros actos oficiales del rey Restaurador, en 1135. Las donaciones en cuestión, antes de que aparezca como recipiendario el maestre de Provenza Pedro Rovira (Rovera en Navarra), se hacen en abstracto a la orden. Y, según apunta el historiador aragonés Paulino Usón, son todas de carácter agrario, con una clara preferencia de los templarios por territorios fértiles antes que estratégicos.
 
Naturalmente esta circunstancia resultaba lógica en Navarra, que con su emancipación de la Corona de Aragón se había quedado sin tierra por conquistar a los moros. No existían razones válidas para pedir o aceptar lugares de frontera, ni el Temple podía ofrecer contraprestaciones de aquel tipo en tierras navarras. Sin embargo, resulta significativo que esta circunstancia se refleje en las donaciones reales, que de seis durante el reinado de García Ramírez (1134-1150), se reducen a cinco en el de Sancho el Sabio (1150-1194) y a una en cada uno de los de Sancho el Fuerte – a pesar de la intervención de los templarios en las Navas de Tolosa – (1194-1234) y de Teobaldo II (1253-1270); muchas menos, en cualquier caso, que las que recibieron los freires sanjuanistas en los mismos períodos, lo que les permitió crear un priorato navarro de la Orden, mientras que los templarios apenas alcanzaron a conformar un par de encomiendas para administrar unos territorios que se distribuyeron prácticamente en tres únicas zonas del reino:
 
  • La primera, constituida por tierras que se extendían entre Tudela y la orilla izquierda del Ebro, con Ribaforada como centro vital y económico; 
  • La segunda, que abarca hoy tierras riojanas, se encontraba al oeste de Tudela y llegaba hasta Alcanadre, Yanguas y Arenzana, teniendo como centro a Funes; y 
  • La tercera, en la merindad de Estella, comprendía una zona del Camino de Santiago, fue la más tardía y, a mi parecer, la más significativa por lo que a implantación firme de los templarios se refiere. Tenían casa en Estella – no localizada, aunque muchos suponen, y no sin razón, que fuera el actual santuario de Rocamador – en Artajona, en Sagüés, en Legarda, en Aberín (donación de 1177), en Allo y en Obanos. Según todos los indicios, el núcleo de aquella propiedad se encontraba en Puente la Reina, cedida por el rey García Ramíres a los templarios en 1142 y nombrada por él mismo “illam meam villam veteram.”

El Legado Templario: Una historia oculta. Juan G. Atienza

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