Mujeres Viajeras de la Antigüedad

Cuando empleamos la palabra "peregrino" pensamos normalmente en una persona que se desplaza por motivos religiosos. A menudo nos imaginamos a alguien que va de pie y que realiza largas y agotadoras jornadas bajo el sol intenso, o con lluvia o nieve, expuesto a numerosos peligros e impulsado por el deseo de visitar un lugar santo y de orar junto a él, quizás para cumplir una promesa, o para hacer penitencia, o con el fin de fortalecer su fe. Durante muchos siglos los principales lugares de peregrinación fueron Jerusalem, Roma y Santiago de Compostela, pero no podemos olvidarnos de otros grandes centros de culto mariano como Lourdes o Fátima, ni de las numerosas romerías en las que se rinde culto a una advocación local o comarcal.

Sin embargo, desde hace unas décadas el sentido de peregrinación ha cambiado radicalmente. Si preguntamos a los numerosos peregrinos que hoy recorren, por ejemplo, el Camino de Santiago, constataremos que muchos de ellos lo hacen por motivos culturales, paisajísticos, deportivos o incluso sociales. En nuestros días, las peregrinaciones son fomentadas por las administraciones públicas, las cuales tratan esta actividad, otrora espiritual, como una variedad de turismo capaz de dinamizar zonas rurales que, de otra manera, se verían amenazadas por la despoblación.

Ahora bien, ni el griego ni el latín tienen una palabra para designar a la persona que viaja por motivos religiosos. El término peregrinus designaba en Roma a la persona que se encontraba lejos de su casa. Su significado, pues, equivaldría aproximadamente a "extranjero". Durante el Imperio romano se designaba con este término a los habitantes de las provincias que no tenían derecho a ciudadanía.

El fenómeno de las peregrinaciones no comienza con el cristianismo ni es privativo de esta fe; es anterior a la aparición de la religión cristiana y, al mismo tiempo, común a otras religiones. Ni siquiera se ha dado en el cristianismo de manera constante, sino que surge en un momento concreto y perdura en la historia con mayor o menos intensidad.

Varias son las fuentes que nos informan acerca de los viajes a Tierra Santa en los siglos IV-V. La más rica es, sin duda, el Itinerarium de Egeria quien visitó los sagrados lugares en los años 381-384, ya que es ella misma la que relata en primera persona todo lo que vio y nos lo presenta con todo lujo de detalles. Por desgracia, el manuscrito único que conserva el Itinerarium no está completo, pero contamos con el testimonio de Pedro Diácono, un monje que vivió en la abadía de Montecassino en el siglo XII quien probablemente tuvo en sus manos el manuscrito completo del Itinerarium para la redacción de su De locis santis. Por desgracia, no toda la información que nos proporciona este autor procede del Itinerarium de Egeria, ya que emplea también otras fuentes.

El presente volumen muestra el testimonio de cuatro mujeres que visitaron Tierra Santa entre 370 y 440. Tres de ellas, las dos Melanias (Melania la Joven, procedía de una familia de la nobleza romana; por parte paterna era descendiente de Melania la Mayor, su abuela, de quien recibió el nombre de Melania) y Paula de Roma (pertenecía a una familia que se consideraba descendiente de los Escipiones y de los Gracos), fueron romanas de alto rango sociales; conocemos su vida, su personalidad y el contexto de su peregrinación gracias a autores bien informados que las conocieron y las trataron: ña voda de Melania la Mayor aparece en dos capítulos de Historia Lausiaca de Paladio; a Paula le dedicó san Jerónimo una biografía en forma de discurso fúnebre ttras su muerte en Belén en 404; a un presbítero llamado Gerencio se la atribuye la  vita de Melania la Joven. 

Además de las cuatro mujeres protagonistas de este libro, contamos con más testimonios que demuestran que las peregrinaciones femeninas a Tierra Santa no eran algo excepcional

San Atanasio de Alejandría dirigió una epístola a unas vírgenes que habitaban en comunidad en algún lugar de Egipto. Estas ascetas sentían nostalgia de su estancia en Tierra Santa. Atanasio las consuela. San Jerónimo menciona otra noble romana llamada Fabiola, que visitó los santos lugares. Se había separado de su marido después de que este cometiese adulterio. Diversas fuentes nos hablan de la presencia en Egipto y en Tierra Santa de una peregrina llamada Poimenia o Poemenia. Hasta Tierra Santa llegó asimismo una peregrina llamada Silvia o Silvana, cuñada del prefecto del pretorio de Oriente, Flavio Rufino, hombre de gran influencia en la corte de Constantinopla, en especial tras la llegada al trono del emperador Arcadio.

Mujeres Viajeras de la Antigüedad. Los relatos de Egeria y otras peregrinas en Tierra Santa.Eduarto Otero Pereira

 

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